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Pastoral Social – Cáritas Texcoco

Sobre la pastoral del trabajo

En consonancia con la frase “el trabajo dignifica a la persona humana”, queremos impulsar las acciones de sensibilización, concientización y coordinación de la tarea pastoral que acompañe el estilo cristiano de concebir y experimentar el “mundo del trabajo”, y de manera específica, a la persona trabajadora.

Desde la mirada de la Doctrina Social de la Iglesia, aprender a comprender el significado y valor del trabajo es una consideración esencial en el pensamiento de la Iglesia. El Papa Francisco afirmó que todo lo bueno, bello y verdadero, viene de Dios, que es amor (Ángelus del I Domingo de Cuaresma, 9 de marzo de 2014), amor que proviene, se manifiesta y se ensancha en las relaciones humanas, y mucho más en las relaciones laborales, porque son relaciones de cooperación y colaboración con las cuales se trabaja, se produce y se crea. Todo este esfuerzo individual y conjunto, es la base de la satisfacción y sostenimiento de las personas, sus familias y comunidades.

En la experiencia de la comunidad cristiana, sabemos que nadie debe quedar excluido del trabajo, que el trabajo es esencial y gratificante, y aunado a esto, concebimos también los valores del bien laboral:

  • Que dignifica.
  • Que relaciona.
  • Que transforma.

En un proceso de evangelización y humanización del trabajo, que mira hacia el horizonte del desarrollo humano, también desde la práctica del estudio y la capacitación para el empleo, para acrecentar las propias capacidades personales, grupales y comunitarias, se acompañará otros procesos integradores, creativos, productivos y de resultados.

Desafío pastoral

En el Proyecto Global de Pastoral 2031-2033, los Obispos mexicanos optaron por el impulso de una Iglesia compasiva y testigo de la Redención, derivado de este, hicieron el compromiso pastoral de “Crear centros de apoyo para el desarrollo integral de las personas, impulsando de manera especial, la promoción económica para el trabajo comunitario y solidario”.

Este llamado exige el reconocimiento que hoy por hoy, y desde siempre, el trabajo es escaso, y lamentablemente, mal remunerado. Muchas veces los sistemas de producción atentan contra la realización personal, el desarrollo familiar y el crecimiento comunitario. Sin embargo, como Iglesia, debemos ofrecer alternativas de solución, que permitan a los cristianos y personas de buena voluntad, el acceso al empleo digno, justo y responsable.

Iluminación magisterial

La Carta Encíclica Laborem Exercens del Papa Juan Pablo II, que trata sobre el trabajo humano, en ocasión del 90 aniversario de la Rerum Novarum, señaló que “el trabajo es uno de estos aspectos, perenne y fundamental, siempre actual y que exige constantemente una renovada atención y un decidido testimonio. Porque surgen siempre nuevos interrogantes y problemas, nacen siempre nuevas esperanzas, pero nacen también temores y amenazas relacionadas con esta dimensión fundamental de la existencia humana, de la que la vida del hombre está hecha cada día, de la que deriva la propia dignidad específica y en la que a la vez está contenida la medida incesante de la fatiga humana, del sufrimiento y también del daño y de la injusticia que invaden profundamente la vida social dentro de cada Nación y a escala internacional. Si bien es verdad que el hombre se nutre con el pan del trabajo de sus manos,5 es decir, no sólo de ese pan de cada día que mantiene vivo su cuerpo, sino también del pan de la ciencia y del progreso, de la civilización y de la cultura, entonces es también verdad perenne que él se nutre de ese pan con el sudor de su frente;6 o sea no sólo con el esfuerzo y la fatiga personales, sino también en medio de tantas tensiones, conflictos y crisis que, en relación con la realidad del trabajo, trastocan la vida de cada sociedad y aun de toda la humanidad”. (LE No. 1)

En su mensaje el Papa destacó que “el análisis del trabajo humano hecho a la luz de aquellas palabras, que se refieren al «dominio» del hombre sobre la tierra, penetra hasta el centro mismo de la problemática ético-social. Esta concepción debería también encontrar un puesto central en toda la esfera de la política social y económica, tanto en el ámbito de cada uno de los países, como en el más amplio de las relaciones internacionales e intercontinentales”. (LE No. 7)

“La intención fundamental y primordial de Dios respecto del hombre, que Él «creó… a su semejanza, a su imagen», no ha sido revocada ni anulada ni siquiera cuando el hombre, después de haber roto la alianza original con Dios, oyó las palabras: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan», Estas palabras se refieren a la fatiga a veces pesada, que desde entonces acompaña al trabajo humano; pero no cambian el hecho de que éste es el camino por el que el hombre realiza el «dominio», que le es propio sobre el mundo visible «sometiendo» la tierra. Esta fatiga es un hecho universalmente conocido, porque es universalmente experimentado. Lo saben los hombres del trabajo manual, realizado a veces en condiciones excepcionalmente pesadas. La saben no sólo los agricultores, que consumen largas jornadas en cultivar la tierra, la cual a veces «produce abrojos y espinas», sino también los mineros en las minas o en las canteras de piedra, los siderúrgicos junto a sus altos hornos, los hombres que trabajan en obras de albañilería y en el sector de la construcción con frecuente peligro de vida o de invalidez. Lo saben a su vez, los hombres vinculados a la mesa de trabajo intelectual; lo saben los científicos; lo saben los hombres sobre quienes pesa la gran responsabilidad de decisiones destinadas a tener una vasta repercusión social. Lo saben los médicos y los enfermeros, que velan día y noche junto a los enfermos. Lo saben las mujeres, que a veces sin un adecuado reconocimiento por parte de la sociedad y de sus mismos familiares, soportan cada día la fatiga y la responsabilidad de la casa y de la educación de los hijos. Lo saben todos los hombres del trabajo y, puesto que es verdad que el trabajo es una vocación universal, lo saben todos los hombres”. (LE No. 9)

En la reflexión dedicada al trabajo humano, el Papa Juan Pablo II subrayó “que a través de él deben multiplicarse sobre la tierra no solo «los frutos de nuestro esfuerzo», sino además «la dignidad humana, la unión fraterna, y la libertad». El cristiano que está en actitud de escucha de la palabra del Dios vivo, uniendo el trabajo a la oración, sepa qué puesto ocupa su trabajo no solo en el progreso terreno, sino también en el desarrollo del Reino de Dios, al que todos somos llamados con la fuerza del Espíritu Santo y con la palabra del Evangelio. (LE No. 27)

Carta Encíclica Laudato Si

El Papa Francisco ha sido un gran impulsor de la dignidad del trabajo y del trabajador, en aras de contar con lo esencial para el sostenimiento de la vida humana y de la vida comunitaria. Laudato Sí, vino a darnos mayores razones para favorecer el campo Laboral de todas las personas que lo deseen y lo necesiten, al mismo tiempo que se crear las condiciones para armonizar la Economía y el cuidado de la Casa Común, como lo describe el documento:

No. 123: La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una persona a aprovecharse de otra y a tratarla como mero objeto, obligándola a trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de los ancianos que no sirven para los propios intereses. Es también la lógica interna de quien dice: «Dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables». Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados y de pieles de animales en vías de extinción? ¿No es la misma lógica relativista la que justifica la compra de órganos a los pobres con el fin de venderlos o de utilizarlos para experimentación, o el descarte de niños porque no responden al deseo de sus padres? Es la misma lógica del «usa y tira», que genera tantos residuos solo por el deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita. Entonces no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley serán suficientes para evitar los comportamientos que afectan al ambiente, porque, cuando es la cultura la que se corrompe y ya no se reconoce alguna verdad objetiva o unos principios universalmente válidos, las leyes sólo se entenderán como imposiciones arbitrarias y como obstáculos a evitar.

No. 125: Si intentamos pensar cuáles son las relaciones adecuadas del ser humano con el mundo que lo rodea, emerge la necesidad de una correcta concepción del trabajo porque, si hablamos sobre la relación del ser humano con las cosas, aparece la pregunta por el sentido y la finalidad de la acción humana sobre la realidad. No hablamos sólo del trabajo manual o del trabajo con la tierra, sino de cualquier actividad que implique alguna transformación de lo existente, desde la elaboración de un informe social hasta el diseño de un desarrollo tecnológico. Cualquier forma de trabajo tiene detrás una idea sobre la relación que el ser humano puede o debe establecer con lo otro de sí. La espiritualidad cristiana, junto con la admiración contemplativa de las criaturas que encontramos en san Francisco de Asís, ha desarrollado también una rica y sana comprensión sobre el trabajo, como podemos encontrar, por ejemplo, en la vida del beato Carlos de Foucauld y sus discípulos.

No. 127: Decimos que «el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social». No obstante, cuando en el ser humano se daña la capacidad de contemplar y de respetar, se crean las condiciones para que el sentido del trabajo se desfigure. Conviene recordar siempre que el ser humano es «capaz de ser por sí mismo agente responsable de su mejora material, de su progreso moral y de su desarrollo espiritual». El trabajo debería ser el ámbito de este múltiple desarrollo personal, donde se ponen en juego muchas dimensiones de la vida: la creatividad, la proyección del futuro, el desarrollo de capacidades, el ejercicio de los valores, la comunicación con los demás, una actitud de adoración. Por eso, en la actual realidad social mundial, más allá de los intereses limitados de las empresas y de una cuestionable racionalidad económica, es necesario que «se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos».

En la homilía del Papa Francisco del 1 de mayo de 2020, intitulada “El trabajo es la vocación del hombre”, plasmó ideas clave para la comprensión de este campo humano:

  • «Y Dios creó» (Gn 1,27). Un Creador. Creó el mundo, creó al hombre, y le dio al hombre una misión: administrar, trabajar, llevar adelante la creación. Y la palabra trabajo es la que usa la Biblia para describir esta actividad de Dios: «Dio por concluida la labor que había hecho; puso fin el día séptimo a toda la labor que había hecho» (Gn 2,2). Y le dio esta actividad al hombre: “Debes hacer esto, cuidar aquello, aquello otro, debes trabajar para crear conmigo —es como si lo dijera así— este mundo, para que pueda continuar” (cf. Gn 2,15.19-20). Tanto es así que el trabajo no es más que la continuación del trabajo de Dios: el trabajo humano es la vocación del hombre recibida de Dios al final de la creación del universo.
  • Una vez, en una Cáritas, a un hombre que no tenía trabajo e iba a buscar algo para su familia, un empleado de Cáritas le dijo: “Por lo menos puede llevar el pan a su casa” — “Pero a mí no me basta con esto, no es suficiente”, fue su respuesta: “Quiero ganarme el pan para llevarlo a casa”. Le faltaba la dignidad, la dignidad de “hacer” el pan él mismo, con su trabajo, y llevarlo a casa. La dignidad del trabajo, tan pisoteada por desgracia. En la historia hemos leído de las brutalidades que cometieron con los esclavos: los llevaban de África a América —pienso en esa historia que toca a mi tierra— y nosotros decimos “cuánta barbarie”… Pero aún hoy hay tantos esclavos, tantos hombres y mujeres que no son libres de trabajar: se ven obligados a trabajar, para sobrevivir, nada más. Son esclavos: trabajo forzado… son trabajos forzados, injustos, mal pagados y que llevan al hombre a vivir con la dignidad pisoteada. Hay muchos, muchos en el mundo. Muchos. En los periódicos de hace unos meses leímos, en un país de Asia, que un señor había matado a palos a uno de sus empleados que ganaba menos de medio dólar al día, porque había hecho algo mal. La esclavitud de hoy es nuestra indignidad, porque quita la dignidad al hombre, a la mujer, a todos nosotros. “No, yo trabajo, tengo mi dignidad”: sí, pero tus hermanos, no. “Sí, padre, es verdad, pero esto, como está tan lejos, me cuesta entenderlo. Pero aquí, entre nosotros…”: aquí también, entre nosotros. Aquí, entre nosotros. Piensa en los trabajadores, en los que trabajan a jornada, que los haces trabajar por un salario ínfimo y no ocho, sino doce, catorce horas al día: esto sucede hoy, aquí. En todo el mundo, pero también aquí. Piensa en la empleada del hogar que no tiene un salario justo, que no tiene asistencia de la seguridad social, que no tiene jubilación: esto no ocurre solo en Asia. Aquí.
  • Toda injusticia que se comete contra una persona que trabaja es un atropello a la dignidad humana, incluso a la dignidad del que comete la injusticia: se baja el nivel y se termina en esa tensión de dictador-esclavo. En cambio, la vocación que Dios nos da es muy hermosa: crear, re-crear, trabajar. Pero esto puede hacerse cuando las condiciones son justas y se respeta la dignidad de la persona.

Entre las acciones de la Dimensión Pastoral del Trabajo se proponen las siguientes:

  • Sensibilizar sobre la importancia del trabajo y sobre las condiciones que ofrezcan crecimiento, desarrollo y realización laboral.
  • Concientizar sobre el valor del trabajo, la estimativa ética para el mejor desempeño laboral, manejo del tiempo, ambientes y relaciones sanas y sentido de vida.
  • Acompañar de manera global las situaciones de los trabajadores, en cuanto al conocimiento y discernimiento de los derechos y obligaciones laborales, y aportar la perspectiva de servicio en el fortalecimiento de la vida familiar, comunitaria y social, también en la construcción del Reino de Dios.
  • Brindar apoyo en la formación y capacitación para el empleo, proyectos productivos, cooperativas y cajas de ahorro, desde la óptica de la economía solidaria.
  • Aportar asesoría jurídica.
  • Generar una bolsa de trabajo.

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